Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha».
Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de sanar cualquier enfermedad o dolencia. Los nombres de los doce Apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro, y su hermano Andrés; luego, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.
A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones: «No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente”.
Mt 9,35-38.10-8

Síntesis en tres puntos (IA):
- La predicación de Jesús nace de una profunda conmoción ante un pueblo desorientado, “como ovejas sin pastor”, y no de un deseo de tener razón o de ganar discusiones.
- Frente a la inmensidad de la misión, Jesús pide ayuda y llama a doce discípulos frágiles y limitados, mostrando que Dios sigue anunciando hoy su Buena Noticia a través de comunidades vulnerables como la nuestra.
- La misión confiada a esos discípulos (y a nosotros) es anunciar una Palabra que cura y transforma, que expulsa los “malos espíritus” de la envidia, el miedo, la desesperanza, y que abre caminos de sentido, esperanza y vida nueva.
Transcripción de la homilía
Hoy el Evangelio nos narra el comienzo de la predicación de Jesús, cuando Jesús comienza su vida pública y se larga a los pueblos, a las ciudades, a los caminos a predicar. Y se cuenta que inició a doce que lo ayudaban en esa tarea y comienza así la historia del anuncio del Evangelio a todos los pueblos.
Jesús se conmueve ante un pueblo sin pastor
Pero hay una serie de detalles que no son pequeños y que le dan a todo este relato su fuerza y su belleza. No solamente se dice que Jesús salió a predicar. Se dice que mirando a toda la gente, Él se conmovió y por eso se pone a predicar. El origen está en un Jesús que se conmueve ante la necesidad de las personas y la necesidad de las personas es que estaban desorientadas y eran como ovejas sin pastor. No está hablando solamente de que eran pobres. Está hablando de algo más profundo.
El Señor mira y ve a la gente y la ve como oveja sin pastor. Una oveja sin pastor es una oveja completamente desorientada que no sabe por dónde ir. La imagen fácilmente nos la podemos imaginar. Y nos la podemos imaginar porque si miramos hoy alrededor nuestro, también es fácil ver a tantas y tantas personas como ovejas sin pastor. También puede pasarnos de sentirnos nosotros mismos desorientados y sin saber hacia dónde ir.
El origen, donde comienza la predicación, no es un momento en que Jesús dice, bueno, vamos a convencerlos a estos de que yo tengo razón. El origen es el momento en el que Jesús se conmueve. La palabra conmoción hay que explicarla también un poquito. En el idioma original es “se le revolvieron las entrañas”. También todos tenemos esta experiencia. Ante determinadas situaciones nosotros decimos se nos revolvieron las tripas. Hay algo muy profundo que nos hace decir, no, esto no puede ser así. Tengo que hacer algo. Ese es el origen, lo que pone a Jesús en movimiento para ir a anunciar la buena noticia que él tiene para anunciar.
Jesús pide ayuda y llama a doce frágiles como nosotros
Y lo otro muy sorprendente, nosotros lo escuchamos porque estamos acostumbrados a escuchar esos textos que nos sabemos de memoria y ya no nos sorprenden, pero pongamos atención, y es muy sorprendente, ¿qué es lo que hace Jesús en el momento en el que se da cuenta de la inmensidad de la tarea que tiene por delante? Pide ayuda.
Él, el Hijo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad, ante una tarea difícil, lo que hace es buscar gente que lo ayude. Y busca gente que lo ayude entre un grupo, y se nombra a los doce, que no eran tampoco especialmente inteligentes, ni capaces, ni nada. De hecho, Pedro lo negó tres veces, en la lista está Judas, que lo traiciona, está Tomás, que no creía después de la resurrección.
Era gente muy frágil, como nosotros, como nosotros. Y hoy, dos mil años después, el Señor sigue anunciando la buena noticia a través de comunidades y gente como nosotros. A un mundo que, lo sabemos muy bien, anda como ovejas sin pastor. A nosotros mismos, que andamos como ovejas sin pastor muchas veces, nos vamos anunciando entre nosotros la buena noticia de Jesús.
Una palabra que cura y transforma nuestras vidas
Y después viene qué es lo que tenían que hacer. ¿Qué es lo que hacía Jesús y qué es lo que tenían que hacer estos que iban a anunciar? Y entonces, por ahí nos suena medio raro, les dice, vayan a expulsar demonios, saquen espíritus impuros, resuciten muertos, curen, saquen enfermedades. Y uno dice, ¿cómo se hace eso? Y entonces tenemos que hacer un pequeño esfuerzo y ubicarnos en dos mil años atrás, en la cultura en la que nos habla Jesús.
La enfermedad iba unida a la idea del pecado, a la de los malos espíritus. La muerte era también el fruto del pecado y de los malos espíritus. Y los malos espíritus no eran esos demonios que a nosotros nos enseñaron en el catecismo, que tienen cuernitos y cola. Los malos espíritus eran cosas que no se ven pero que están presentes. Y entonces nos imaginamos fantasmas ¿no? Es más fácil y más difícil. Un mal espíritu, por ejemplo, es la envidia, el resentimiento, el egoísmo, la angustia, la desesperación, el instalarnos en la queja, en la victimización. Esos son los malos espíritus que nos enferman, no sólo psicológicamente, sino también físicamente. Cuando Jesús empieza a predicar, envía a los discípulos a curar las almas que están enfermas, enfermas de dolor, enfermas de angustias, de desorientación.
Ellos unían directamente esas almas enfermas con las enfermedades físicas. Y entonces, si alguien tenía lepra, era porque era pecador y porque el espíritu le había puesto la lepra. Entonces juntaban todo y en el anuncio de la palabra iba incluida la curación. ¿Por qué? Porque cuando yo anuncio y oriento y doy una esperanza, la vida cambia y las personas se curan. Y eso sigue siendo así. Cuando nosotros venimos aquí y escuchamos determinadas palabras que iluminan nuestro corazón, nuestra vida de golpe encuentra una respuesta y la posibilidad de ser de otra manera. Cuando escuchamos palabras que nos llenan de esperanza, entonces la vida también adquiere sentido y al revés, si solo encontramos palabras de acusación, de enojo, de miedo, etc., etc., la vida nos paraliza.
La palabra que viene a traer el Señor es una palabra que cura, que transforma, que da vida. A eso invita a esos doce, a eso nos invita a nosotros a ser personas que transmiten esa palabra, que no es decir, bueno, no importa, ya se va a pasar, tengamos buenas ondas. Es decir, Jesús ha venido, está con nosotros, Dios está de parte nuestra y dijo que no tengamos miedo.
Esa es la clave, ese es el Reino. Eso es lo que viene el Señor a anunciar, que pide ayuda a los discípulos para poder anunciarlo con ellos y en el que hoy, dos mil años después, nos pide ayuda a nosotros para seguir anunciándolo a un mundo que sigue y también está, como aquella época, como ovejas sin pastor.



