La madre de los hijos de Zebedeo se acercó a Jesús, junto con sus hijos, y se postró ante él para pedirle algo.
«¿Qué quieres?», le preguntó Jesús. Ella le dijo: «Manda que mis dos hijos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda».
«No saben lo que piden», respondió Jesús. «¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?».
«Podemos», le respondieron.
«Está bien, les dijo Jesús, ustedes beberán mi cáliz. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes se los ha destinado mi Padre».
Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos.Pero Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad.Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo:como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud».
Mt 20, 20-28

Síntesis en tres puntos (IA):
- La vida cristiana como entrega, no como búsqueda de comodidad El texto contrapone la idea de una religión que sirve para “estar bien” o sentirse protegido con el testimonio de Santiago y de los primeros cristianos, para quienes seguir a Jesús implicaba riesgo, entrega y hasta dar la vida.
- La tentación de usar la fe para buscar seguridad o privilegios. La madre de Santiago y Juan aparece como imagen de una actitud muy humana: acercarse a Jesús buscando protección, primeros lugares o beneficios. El texto muestra que esa lógica no entiende todavía el camino de Jesús.
- La parroquia como lugar donde recibimos fuerza para servir y vivir lo que toque vivir. La parroquia no aparece como refugio para que no pase nada malo, sino como comunidad donde, por la Palabra y la Eucaristía, los cristianos reciben la fuerza para vivir una vida distinta: al servicio de los demás, con sentido y dando testimonio de Jesús resucitado.
Transcripción de la homilía
La parroquia como escuela de entrega
En la fiesta de Santiago Apóstol tiene, por supuesto, muchísimas enseñanzas para todos nosotros, la figura del santo, pero me gustaría que nos detuviéramos un momento no tanto en la figura de Santiago cuanto en lo que es formar parte de una parroquia. Son las fiestas patronales. Estamos celebrando que tenemos una parroquia que lleva el nombre de Santiago Apóstol.
¿Pero qué es tener una parroquia? ¿Participar en una vida parroquial? Esta pregunta es importante en nuestro tiempo porque para mucha gente venir a la Iglesia, participar de la Eucaristía, o de las distintas actividades, es venir a hacer algo que hace bien. Venimos a la parroquia buscando estar mejor, sentirnos protegidos, acompañados en el camino de la vida. Y está bien.
Pero si miramos cómo era la vida de los primeros cristianos y sobre todo si miramos la vida de Santiago, acabamos de escuchar el relato, Santiago es uno de los que anuncia que ese Jesús que mataron en la cruz es el Cristo y está vivo. La respuesta de las autoridades religiosas es mandarlo matar. Y termina el texto diciendo que le cortaron la cabeza. Santiago es el primero que da la vida por Jesús.
Ser cristiano desde el principio no se asoció a la idea de tener una buena vida, una vida tranquila, protegidos por Dios y María Santísima no tenemos ningún problema. Ser cristiano desde el primer momento se asoció a dar la vida, a vivir algo peligroso. De hecho, a casi todos los discípulos los mataron y a los que no los mataron se tuvieron que ir. La vida de los primeros cristianos se parecía bastante a esa vida que vemos ahora por televisión de los que viven en los campos de refugiados o escapándose de guerras y de persecuciones. Ser cristiano desde el primer momento fue ser algo heroico, algo diferente a todo. A todo lo que decía la religión oficial de los judíos y la religión oficial del imperio romano. Era ser un bicho muy raro.
La tentación de buscar seguridad
Y todo lo que hoy en día está muy presente, que es buscar en la religión no un esfuerzo y un riesgo sino una protección y que no me pase nada, está puesto en el relato del evangelio que acabamos de escuchar. No hay nada nuevo en la historia. En los evangelios está todo.
¿Y cómo figura eso en los evangelios? Nada más y nada menos que con el relato en el que se nos habla de la madre de Santiago. Para ponerlo en contexto Jesús había estado hablando de que lo iban a matar y de que él iba a establecer su reino. ¿Y qué hace la madre de Santiago? Lo mismo que hacemos nosotros. Se acerca Jesús y le dice bueno, mira, si vas a ser rey yo quiero que Santiago y Juan se sienten al lado tuyo. Está pensando en lo que le conviene a ella y en cuidar a sus hijos. No escuchó lo que le iba a pasar a Jesús. No escuchó el anuncio de la que se venía y que ser discípulo de Jesús era vivir una vida realmente diferente y peligrosa. Ella quiere proteger a Santiago y a Juan.
La respuesta de Jesús es la misma que tiene para todos nosotros: “No sabes lo que estás pidiendo”… “¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?” Cáliz que yo beberé se refiere a ¿pueden pasar el mal trago que yo voy a pasar? ¿Pueden sufrir como yo? Y entonces estos, sin saber lo que decían, dicen sí, nosotros vamos a poder. Pobrecitos no sabían hasta qué punto iban a tener que poder. Entonces Jesús les dice bueno, van a pasar por el mismo trago que yo. Pero, quién se sienta a mi derecha y a mi izquierda no me toca a mí decidirlo. Ni Jesús. Ni Jesús tiene el control sobre su vida. Jesús se somete a la voluntad del Padre. Y de hecho, poco después rezará pidiendo “aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”. Para Jesús no es fácil tampoco. Y si para Jesús no es fácil, ¿por qué para nosotros tiene que serlo?
E inmediatamente los otros discípulos se enojan con estos dos. Lo cual quiere decir que estaban todos pensando lo mismo. Estaban todos queriendo tener los primeros lugares y quedar bien acomodados en ese nuevo reino.
El camino del servicio
Y Jesús pacientemente les explica entre ustedes no tiene que ser como es en el mundo. “En el mundo” son fundamentalmente los romanos y las autoridades judías. Entre ustedes no tiene que ser como es “en el mundo” donde el que tiene poder somete al que no lo tiene. Entre ustedes el último tiene que ser el primero. Hay que buscar ser servidor, no que te sirvan. Eso es lo que he venido a hacer yo, dice Jesús, ponerme al servicio de ustedes. Hagan ustedes lo mismo, busquen el último lugar.
Y ahí el Señor nos da una respuesta a todos nosotros que nos acercamos domingo a domingo a una parroquia buscando una palabra, una esperanza, una fuerza para vivir en esta vida que no tiene nada de fácil. Para cada uno de nosotros que, o por falta de plata o por problemas familiares o porque se murió alguien, la vida es siempre complicada. ¿Para qué sirve la parroquia? Para qué sirve ser cristiano si el anuncio no es, “mirá, no vas a tener ningún problema”.
La fuerza para vivir lo que haya que vivir
Sirve para que encontrándonos con estas palabras y fundamentalmente con la Eucaristía que estamos celebrando, y con el pan y el vino convertidos en el cuerpo y la sangre de Jesús, tengamos la fuerza para vivir lo que haya que vivir. No es que estamos protegidos para que no nos pase nada, sino para que seamos capaces de vivir lo que haya que vivir. Y en ese vivir lo que haya que vivir, dar testimonio de la presencia de Jesús, no solamente en el mundo, (que ya sabemos que está), en nuestros corazones, en nuestras comunidades, en cada uno de nosotros. Ahí está presente el Jesús que está vivo, el Jesús resucitado.
Los cristianos, en la parroquia, cada vez que nos reunimos para escuchar estas palabras y para dejar que Jesús llegue a nuestros corazones, en el pan y en el vino, nos encontramos con la fuerza que nos permite tener una vida que valga la pena. Y una vida que valga la pena no es una vida en la que no pasa nada. Es una vida capaz de vivir una cosa diferente. Es una vida capaz de vivir al servicio de los otros. Es una vida que no se deja llevar por lo que dice todo el mundo y lo que hace todo el mundo, sino que tiene una manera propia de vivir.
Esta que aprendemos cada vez que nos acercamos a Jesús, que, repito, está en el altar, está en la palabra, pero está en cada uno de nosotros. Y en cada uno de nosotros nos habla, nos acompaña, nos acompaña en aquello que tengamos que vivir. Para eso sirve una parroquia. Eso es una parroquia. Y por eso le damos tantas gracias a Dios de tenerla y de poder celebrarla y disfrutarla.



