Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: ‘¡La paz esté con ustedes! Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: ‘¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes’. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: ‘Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan’.
Mt 28,16-20

Síntesis en tres puntos (IA):
- La presencia transformadora del Espíritu Santo
El texto presenta al Espíritu Santo a través de las imágenes del viento y el fuego, como una fuerza invisible pero real que anima, purifica y transforma. - El anuncio del Evangelio y la comprensión del mensaje
Se destaca que el verdadero signo del Espíritu no es solo salir a predicar, sino que los demás puedan comprender el mensaje. La fe se comunica cuando toca la vida del otro. - El amor como lenguaje universal y actual
El texto afirma que el lenguaje que todos pueden entender es el amor, y que el Espíritu sigue actuando hoy en la comunidad cristiana, impulsando a vivir, celebrar y anunciar ese amor.
Transcripción de la homilía
Las imágenes del Espíritu Santo
Estamos celebrando esta fiesta que nos recuerda el momento en el que los discípulos con María están reunidos en oración y reciben la fuerza del Espíritu Santo. Y se usa una imagen: el viento que sacude toda la casa. El viento simboliza al Espíritu Santo, el viento no sabemos de dónde viene ni a dónde va, no lo vemos pero lo sentimos. Por eso es la imagen del Espíritu de Dios que está cerca, que no lo vemos pero nos damos cuenta que está. Y la imagen del fuego que desciende sobre los discípulos. El fuego simboliza algo que transforma, el fuego simboliza el amor, el fuego simboliza todo aquello que purifica.
Los signos de una fe que se anuncia
Y después de esas dos imágenes, del viento por un lado y del fuego por el otro, para simbolizar la presencia del Espíritu en ellos, aparece el gran signo que muestra que realmente el Espíritu está en esas personas. El primer signo es que salen a anunciar, ya no van a estar más encerrados, ahora no están asustados sino que tienen una fuerza nueva. El primer signo es la fuerza y las ganas de anunciar. Y el segundo, más sorprendente todavía, es que todos los que los escuchan entienden lo que ellos dicen. Ese es el gran milagro.
No solamente que nosotros salimos y hablamos, sino que los que nos escuchan entienden. Hoy en día muchas veces insistimos en que es muy importante salir y hablar y anunciar. Claro que es importante, pero tan importante como eso es preguntarnos ¿y la gente entendió lo que yo decía? ¿A la gente le importó, le cambió algo la vida lo que yo decía?
Lo que se nos muestra es que los discípulos salen a predicar y la gente entiende. Cada uno entendía en su propio idioma, dice el texto. ¿No es que estos eran Galileos? ¿Por qué cada uno entiende en su propio idioma? Y se narra la gente que estaba. Y es un enunciado: partos, medos, elamitas, los que habitan en tal lugar, en tal otro. Enumeran una serie de pueblos, muchos de ellos en guerra unos con otros. Gente de culturas y mundos diferentes. ¿Qué se está diciendo? Que esa noticia que ellos anuncian está destinada a todos, absolutamente a todos. Y que todos la pueden entender.
El amor como lenguaje universal
¿Cuál es el mensaje que todos pueden entender? ¿Cuál es el lenguaje que hasta los pueblos en guerra entre sí pueden entender? El único mensaje que es posible entender siempre es el del amor. Si uno va a un país en donde no entiende el lenguaje del otro, el idioma del otro, inmediatamente se da cuenta, si pide ayuda, si el otro te quiere ayudar o no.Aunque no le entiendas nada, por su gesto te das cuenta si te quiere ayudar o no. La disponibilidad hacia el otro no depende del idioma. La capacidad de querernos, de reconciliarnos, de ayudarnos, de acompañarnos va más allá de los idiomas.
Lo que hace el Espíritu es derramar en nosotros la capacidad de realmente querernos, que nos importe el otro. Cuando realmente nos importa el otro, encontramos siempre la palabra y el gesto. Cuando el otro no nos importa, aunque sepamos hablar muy bien, no nos entendemos. Y el abismo sigue siendo a veces más grande todavía cuanto mejor hablamos y más explicitamos lo lejos que estamos unos de otros. A veces usamos las palabras para distanciarnos, no para acercarnos.
El Espíritu sigue actuando hoy
El espíritu de Jesús se derramó ese día en aquellos discípulos y desde entonces se derrama en cada uno de los que formamos parte de esa comunidad. Porque no estamos celebrando algo que pasó hace dos mil años, estamos celebrando algo que pasa ahora. Nosotros ahora estamos acá reunidos y llegamos hasta este lugar. Porque el Espíritu Santo nos trajo. En algún momento de la mañana cada uno de nosotros dijo voy, no voy, hace frío, tengo tiempo, sí, voy. Y estamos. Estamos porque el Espíritu nos trajo.
Y estamos celebrando la Eucaristía en la que el Espíritu va a ser presente a Jesús en el cuerpo y en la sangre. Y estamos repitiendo el mismo gesto que desde hace dos mil años repiten todas las comunidades. Estamos repitiendo el mismo gesto que hoy en todos los rincones del mundo repiten comunidades como la nuestra. Formamos parte de ese cuerpo inmenso. Eso es la Iglesia.
No celebramos solamente algo que pasó hace dos mil años, celebramos algo que está pasando ahora. Y a cada uno de nosotros llenos de ese Espíritu Santo nos queda la maravillosa tarea de ir y anunciar. Y ver si me entienden. Y ver si la palabra llega. Porque ahí es donde se ve si realmente estoy anunciando con la fuerza del Espíritu Santo.
Y el Señor siempre llega al corazón que quiere escucharlo.



Un comentario
Que interesante la idea de que a veces usamos las palabras para distanciarnos. Que importante repensar cada palabra para que podamos habilitar espacios de comprensión, de diálogo y sobre todo de amor. Gracias padre Jorge!