Los pastores fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores. Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón.
Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido. Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño y se le puso el nombre de Jesús, nombre que le había sido dado por el Angel antes de su concepción.
Lc 2,16-21

En el primer día del año se nos invita a celebrar a María como “Madre de Dios”. Esta es la fiesta mariana más antigua, se estableció en torno al año 400, en el Concilio de Nicea. Con este título, Madre de Dios, la Iglesia recuerda que Jesús nació verdaderamente en un momento concreto de la historia y de una mujer. Con esta celebración se afirma que Jesús no es un mito ni una invención humana, tampoco una figura semejante a los dioses paganos, sino un hombre de carne y hueso que transformó la historia.
La necesidad de afirmar la historicidad de Jesús puede parecer para algunos innecesaria u obvia. Sin embargo, fue una enseñanza indispensable en un tiempo y en un contexto en el que la cultura empezaba a alejarse del acontecimiento histórico de Jesús y se hablaba de Él como si fuera uno más entre los dioses, como un personaje no real. Curiosamente, en el siglo XXI nos encontramos en una situación similar: para muchos, Jesús se ha convertido en un mito, una figura del pasado, una historia que algunos creen y otros no, apenas una voz más entre tantas que compiten por nuestra atención. Hoy la ciencia se ha convertido en lo único que ofrece un conocimiento objetivo y útil; y la espiritualidad ha sido relegada a una opción subjetiva y personal sin valor para las cuestiones que se consideran verdaderamente importantes para la sociedad.
Quizás en nuestros días, incluso más que en la antigüedad, en una cultura donde todo parece relativo y donde cada persona construye su propio sistema de creencias, Jesús corre el riesgo de ser reducido a un relato simbólico: un personaje inspirador, pero sin incidencia en la vida concreta. Sin embargo Jesucristo no es un mito ni una construcción cultural, es una presencia viva, histórica y actual, que irrumpe en la existencia humana y la transforma. Jesucristo entra en la historia, en la historia universal y en la nuestra, toca el sufrimiento humano. No es una idea: es un acontecimiento. No es una opinión: es una persona.
Celebrar a María como Madre de Dios es una forma de afirmar la humanidad de Jesús, pero para que esto sea así, María debe ser verdaderamente mujer y no otro mito. Para nosotros, ¿quién es María? ¿es esa joven llena de fe que nos muestran los evangelios, que meditaba y guardaba en su corazón lo que vivía? ¿es esa joven que, con su enorme sí a Dios, cambió la historia de la humanidad? En los evangelios, María es de carne y hueso: no es una creación de la imaginación, sino una mujer creyente que enseña a confiar, a meditar y a descubrir a Cristo en nuestro corazón. Por ese motivo en la antigüedad nunca se representaba a María sin Jesús, porque María sin Jesús es una figura incompleta. Solo desde hace relativamente poco tiempo comenzaron a aparecer imágenes de María sin el Niño en sus brazos. Como todas las fiestas de María, esta también es una fiesta de Jesús.
El evangelio nos dice que María “guardaba en su corazón estas cosas” ¿Cuáles son “estas cosas”? Son todo lo que ella iba viviendo: la visita del ángel, ese Hijo, los pastores, los magos, la huída a Egipto, y mucho más. María no vive distraída: reflexiona, medita. María, como hacen las madres, enseña a vivir, también a nosotros, que vivimos en medio de la vorágine de nuestro tiempo, donde todo pasa rápido y de manera superficial. No dejemos pasar esta Navidad sin meditar estas cosas en el corazón: ¿qué significan para nuestra vida? ¿de qué manera nuestra fe la transforma?
El evangelio también nos recuerda que los pastores fueron rápidamente al encuentro del Niño. ¡“Rápidamente”!. La vida cristiana implica movimiento y pasión: se vive con deseo. Los pastores corren al encuentro de María, José y el recién nacido; y enseguida vuelven a ponerse en camino para contar todo lo que habían oído sobre ese Niño. Cuando vivimos algo verdaderamente bueno, nace en nosotros el impulso de compartirlo. Al encontrar a Jesús, los pastores corren a contar lo que vieron, y lo hacen de tal modo que quienes los escuchan quedan admirados.
Es curioso: a veces parece que la Navidad ya no nos asombra. Escuchamos el mensaje, nos acercamos al pesebre, pero no corremos a anunciar lo que hemos vivido. No lo contamos con alegría. Nos resulta normal: algo conocido, repetido muchas veces. Podemos hacernos una pregunta sencilla y concreta: ¿en esta Navidad que celebramos hace unos días a quién le contamos lo que hemos oído sobre este Niño?
Al comienzo del año, la Iglesia también nos invita a orar por la paz. En un mundo en guerra necesitamos a Jesús para reconstruirla. También en nuestro país, donde encontramos tanto dolor y tanta violencia. Jesús quiere traer la paz a nuestras familias, donde a veces es frágil o está dolorosamente rota. Jesús es la paz de nuestro corazón.



Permiso:
Desde el advenimiento de la “mecánica cuántica” la ciencia tiene muchas mas incertidumbres que certezas.
Hoy no se sabe si el fotón es onda o partícula, es más ni siquiera se sabe si la “masa” (partícula) realmente existe.
Hoy la ciencia se aproxima a la idea de que el observador tiene la “capacidad de cambiar la realidad”.
Y, entonces, permítame afirmar que la ciencia y la espiritualidad no están tan alejadas como suponemos en occidente.
Ahora:
Si el observador tiene la capacidad de cambiar la realidad ¿Seremos capaces de asumir la responsabilidad que nos compete como simples observadores?
Y ahí lo dejo….
Abrazo Jefe!!!!