Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él. Juan se resistía, diciéndole: «Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!»
Pero Jesús le respondió: «Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo». Y Juan se lo permitió.
Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia Él. Y se oyó una voz del cielo que decía: «Éste es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección».

TRANSCRIPCIÓN HOMILÍA:
Celebramos la fiesta del bautismo de Jesús que nos muestra esta escena que acabamos de escuchar. Y si la leemos así como la acabamos de escuchar, no entendemos bien qué es lo que realmente está ocurriendo. Hay que ponerle todo su contexto.
Juan estaba predicando en el Jordán e invitando a la gente a que se vaya a bautizar para arrepentirse de sus pecados. ¿Por qué Juan hacía eso? ¿Estaba preocupado por la salvación de la gente? Los judíos no creían que los chicos buenos iban al cielo. Los judíos creían que se salvaba o no se salvaba todo el pueblo. Lo que a Juan le preocupa es otra cosa. Los romanos se han apoderado de Jerusalén, la ciudad santa, están instalados y sometiendo a todo el pueblo judío. Y eso para un judío era un problema muy importante porque el judío creía que Dios, Yahvé, era el Dios de Israel y luchaba a favor de su pueblo. Que los romanos estuvieran instalados ahí y que su Dios no los salvara, ¿qué quería decir? Que ellos eran pecadores.
Así como pensaban que una persona era ciega o era muda o tenía lepra era porque era pecadora, pensaban que si el pueblo estaba sometido era porque el pueblo era pecador. Cuando Juan se pone a predicar que hay que arrepentirse de los pecados, lo que quiere es que el pueblo deje de ser pecador para poder expulsar a los romanos. Y como está por venir el Mesías, es necesario que el pueblo se arrepienta para que realmente sea posible la salvación. Por eso Juan está en la orilla del Jordán invitando a los judíos a arrepentirse de sus pecados. Lo que a él le importa es la salvación de Israel, no la vida de esos que se van a bautizar.
Con este esquema en la cabeza entendemos lo que pasa cuando aparece Jesús. Jesús, a quien Juan anunciaba como el Mesías, aparece a bautizarse ¡en la fila de los pecadores! ¿Cómo va a venir de ese lugar el Mesías? ¿Cómo el Mesías va a venir del lado de los pecadores a pedir perdón? Por eso le dice, no, ¿cómo te voy a bautizar? Vos me tenés que bautizar a mí. Y Jesús le contesta, ahora tenemos que hacer lo que es justo, o lo que está mandado, o lo que corresponde, hay varias traducciones posibles.
Pero en ningún lado de la ley estaba mandado que había que irse a bautizar al Jordán. O sea que lo que está mandado es que él tiene que ir en la fila de los pecadores. Lo que está mandado es que el Mesías no va a aparecer como un gran guerrero que expulsa a los romanos. Lo que está mandado es que desde el último lugar el Mesías va a ir anunciando un rostro de Dios completamente nuevo y desconocido para Juan y para los judíos de su época.
Dios no es un ser lejano que te ayuda o no te ayuda según vos sos pecador o no sos pecador. Si el pueblo es pecador, entonces que se jorobe y que lo dominen los romanos. ¿Qué es eso? Eso es un Dios lejano, juez, que castiga o premia según las personas se portan. Y lo que viene a decir Jesús es algo completamente diferente. Ustedes son hijos, no esclavos. Ustedes no tienen que temer. Dios va a estar siempre al lado de ustedes. Ah, ¿entonces se puede pecar? Todo lo contrario. Nos compromete mucho más un Dios que siempre nos perdona que un Dios que a veces nos castiga. Es mucho más comprometedor y nos lleva a vivir mucho más de acuerdo a lo que Dios nos pide, un Dios lleno de misericordia que un Dios exigente y castigador.
Lo que aparece en esta escena es el encuentro entre el Antiguo Testamento representado por Juan el Bautista y el Nuevo Testamento en donde Jesús aparece proponiendo algo completamente nuevo y diferente: Dios es amor. Y Dios no quiere que yo me convierta y no sea pecador para no castigarme ni para que se vayan los romanos, ni para que se vaya Trump, o Maduro, o la enfermedad, o la falta de plata. Dios quiere que yo me convierta para que Dios sea libre, para que yo sea feliz, para que yo sea plenamente yo.
En el pecado, en el mismo pecado está el castigo. No porque Dios se enoja porque yo pequé, no, cuando yo hago algo mal, ahí mismo está el castigo. Dios no hace nada, soy yo el que hace todo. Lo que hace Dios es enviar a Jesús a sacarnos de esa manera de ver a Dios y mostrarnos a Dios como Padre que siempre perdona y que siempre ama y que siempre está al lado nuestro y podemos confiar en Él.
Y eso es más exigente. Lo mismo que les pasaba en el tiempo de Juan Bautista, esta idea de un Dios castigador, que yo tengo que hacer algo para que Él no me castigue, no nos creamos que es tan antigua. Hay mucha gente que hasta nuestros días y en nuestras iglesias practica la religión “para que Dios no me castigue”. O tiene una relación con Dios de ese toma y daca, yo hago esto, me porto así, Dios me va a dar esto otro, vengo a misa, rezo el rosario, entonces Dios va a hacer tal cosa. Eso es un Dios muy chiquito.
¡Ustedes son hijos, no son esclavos! dice Jesús. ¿En qué idioma lo tiene que decir? Ustedes son hijos, no son esclavos. No teman. No hay ningún motivo para temer. Dios los quiere. Bueno, pero pasa esto, pasa esto otro, no tengo plata, no tengo salud. Sí, justamente por eso te lo digo. Porque te pasa todo eso, te recuerdo que Dios es tu Padre y que confíes y que te pongas en sus manos.
Si tienen un minuto les cuento una anécdota. Nunca cuento anécdotas en las misas, pero de golpe me vino esta. Hace mucho tiempo yo tenía un perro que estaba muy mal y lo tuve que llevar a sacrificar. Y yo iba muy mal, porque, bueno, son cosas muy feas de hacer. Pero él iba bárbaro. Y llegamos a la veterinaria y estaba de lo más divertido. Él sabía que si estaba yo no le iba a pasar nada. Y tenía razón, porque no le pasó nada. Se murió y era lo mejor que le podía pasar. Él confiaba en mí.
Ojalá nosotros confiáramos en Dios lo que nuestros perros confían en nosotros.
El Señor nos lo avisa por activa y por pasiva. No tengan miedo. Esa es la novedad del bautismo de Jesús.
Por eso es importante el final. Entonces se abrió el cielo y dijo “éste es mi hijo muy querido”. Esta es la verdadera manifestación de quién es Dios. Dios nos ama. No tengan miedo. Y por eso el bautismo de Jesús es muy distinto del bautismo de Juan el Bautista. Y por eso cuando Jesús dice conviértanse está usando la misma palabra, pero el objetivo no es el que tenía Juan el Bautista. Conviértanse porque si no nos va a ir muy mal. Es conviértanse porque entonces les va a ir muy bien. Van a descubrir que Dios es Padre. Que está con ustedes. Que no hay nada que temer.
Pase lo que pase.


Gracias querido Padre Jorge por esta anécdota que contaste para recordarnos que somos hijos y que “no nos va a pasar nada” porque Dios está, nos ama.
Y que convertirnos es amar como Él nos ama, para ser plenamente libres y felices .
Hermosa homilía, Padre.
Ayer, en otra parroquia, tuve el honor de leer la 2da. lectura (Hechos, 10,14…) “Verdaderamente comprendí que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato.” (Hechos 10, 14)
En el mismo sentido de su homilía me permito recordar a tanta gente de todos los credos que usa la religión para “distribuir” preceptos, infundir miedo y dominar así a las personas.